Crónica Edna Yiced Martínez
Fotografías Damian Selous
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Colombia es, despueś de Sudán, el país del mundo que más personas tiene en situación de desplazamiento forzado, y probablemente el número uno si hablamos de confinamiento, una situación en la que por amenazas de alguno de los bandos e intereses involucrados en la guerra las personas no pueden salir de sus lugares de residencia.
Según cálculos hechos por CODHES, (Consultoría para los derechos humanos y el desplazamiento) en Colombia son más de cuatro millones de personas que han tenido que huir para resguardar su vida y la de sus seres queridos, aunque en muchas ocasiones no todos los integrantes de la familia corren con la suerte de escapar, siendo asesinados brutalmente en frente de sus padres, madres, hijos, hijas, o secuestrados bajo la figura del reclutamiento.
También se ha documentado que la mayoría de las víctimas corresponde a mujeres, niños y pueblos étnicos, como lo expone el dramático caso de los afrocolombianos quienes no sólo tienen que soportar la discriminación histórica y la pobreza estructural, sino que ahora cargan sobre sus hombros el título de desplazados, una razón de discriminación adicional en un país en donde sobre la persona desplazada se han creado una serie de prejuiciosy estereotipos que en muchas ocaciones les impide tener acceso a derechos básicos como vivienda, educación y empleo. Muchas de las personas con las que trabajé a comienzos del 2009 me comentaron cómo cada vez que comentaban las razones por las que habían tenido que dejar sus lugares de origenes la gente hacía una expresión de asco y temor, que se traducía en negarles la posibilidad de arrendar una pieza, conseguir un trabajo, o mandar al colegio a sus hijos e hijas.
“Es que si uno dice que es desplazado la gente lo mira feo, como si una tuviera una enfermedad. Y es que dicen que si nos desplazaron fue por algo, como si nosotros fuéramos los culpables, a la gente se le olvida que somos las víctimas”.
Hablar de la historia del desplazamiento en nuestro país implicaría hablar de toda la historia de Colombia; desde la mal llamada conquista hasta nuestros días, en donde los intereses económicos y políticos han sido y siguen siendo el motor detrás de todo este aberrante proceso. Así como los españoles arrasaron, asesinaron y desplazaron millones de aborígenes con el fin de saquear las riquezas de las nuevas tierras, los guerrilleros, paramilitares y ejercito realizan la misma tarea con el fin de afianzar proyectos políticos sustendados en múltiples intereses económicos y viceversa.
Pero el tema del desplazamiento, como muchos otros temas; las masacres, las desapariciones, los falsos positivos, en donde se comprobó que las fuerzas armadas del Estado estaban secuestrando y asesinando jóvenes en zonas pobres del país para hacerlos pasar por guerrilleros o paramilitares muertos en combate, son temas de lejana actualidad, en donde todo el mundo parece saber lo que ocurre pero nadie, ni los medios de comunicación, ni la llamada opinión pública, ni la academia, ni mucho menos el gobierno están dispuestos a llegar al fondo. Además en un universo donde la información y los medios de comunicaicón están sometidos a dinámicas del mercado y de los intereses políticos, parece que ésta tiende cada vez a ser más ligera y más plana.
Tal vez por eso se explica que nadie, nisiquiera mis amigos periodistas, o políticos, o académicos se hayan enterado, no hayan visto a las más de 2. 300 personas que desde hace dos meses están viviendo en uno de los parque más importantes de Bogotá, la ciudad capital de Colombia. Son mas de 2.300 personas, la mayoría mujeres y niños que vienen del Putumayo, Chocó, Caquetá ,Meta, Magdalena, Bolívar, Córdoba, de casi todos lugares del país, y que duramente clasificarían en esa clase de turistas descritos por José Obdulio Gaviria, uno de las figuras más significativas dentro del gobierno actual, uno de los consejeros de cabecera del presidente, quien argumentó, hace tan solo unos meses, que en Colombia no existían desplazados sino migrantes voluntarios, algo que yo denominaría “una extraña clase de nuevos turistas”

Pero es que a diferencia de los turistas convencionales, quienes disfrutan las ventajas de seguridad democrática y su campaña promocinal “ Vive Colombia, Viaja por Ella”, estos “turistas” no viajan escoltados por las caravanas del ejercito, no salen en campañas publicitarias hablando de los maravillosos paisajes, la deliciosa comida, o la hospitalidad de la gente, y aunque están muy cerca del centro histórico, ya que “viven” a tres cuadras del palacio presidencial y el congreso, no hacen parte de esa ola de interesantes y ricos turistas que cada vez es más visible en la Candelaria, uno de los barrios emblemáticos de la ciudad.
En cambio llevan más de dos meses instalados en improvisadas carpas hechas con lo que sea que logren encontrar, allí intentan refugiarse del frío, del sol del agua, cocinando en pequeños fogones leña, comiendo lo que sea que logren conseguir, bañándose en las contaminadas pocetas que pretenden adornar el parque; parque en el que los domingos se combian las jornadas de aeróbicos programadas por el distrito con las filas de niños desnutridos esperando por un pocillo de aguapanela, con pan si tienen suerte, y las hileras de ropa sucia o limpia que se extiende alrededor.
Refundidos en esa extraña especie de “nuevos turistas” se encuentra doña Alba con sus dos hijos, con la piel llena escamas debido a una alergia que desarrollaron por bañarse en, como ellos lo llaman “las piscinas” del conjunto residencial. Tienen los labios morados y las gargantas roncas del frío que han tenido que soportar todos estos días. Doña Alba ha tenido fiebre de hasta 40 grados, y lo único que había comido ese día, a las 5 de la tarde cuando la fui a visitar era una taza de tinto que le había relagado los vecinos del cambuche del lado.
Como doña Alba hay cientos, miles de personas que a diferencia de los turistas convencionales no pudieron hacer la maleta, seleccionar el destino de viaje, y disponer de los recursos necesarios para tener unas vacaciones memorables en la cosmopólita Bogotá; a ella, como a muchos otros les tocó salir corriendo con lo poco que llevaban, y por lo general lo único que logran sacar es a sus hijos, escapando de la guerra y los intereses que la sustentan, y que aunque se insista en negarlo en Colombia sigue desplazando, desapareciendo y matando gente.
Ella es una líder comunitaria, y con los pocos recursos que tenía, pero con muchas ganas de ayudar a personas en similares condiciones montó una fundación, El Renacer de la Familia, que trabaja en el sector de Ciudad Bólivar. Ella, como todos, o la gran mayoría de desplazados que se encuentran en el parque Tercer Milenio, el antiguo cartucho, para los que no conocen, tiene un registro ante Acción Social, y ha invertido miles de horas haciendo fila, pidiendo algún tipo de auxilio y atención en las oficinas de la UAO (Unidad de Atención al Desplazado), sin que ningua de las “ayudas” resulte eficaz y mucho menos suficiente.
“Después de un año de pedir en la UAO me dieron un bono para hacer mercado en Colsubsido de la 63, pero es que allá es muy caro, una cubeta de huevos vale ocho mil pesos, mientras en el barrio la puedo conseguir a cinco mil, no puedo comprar cosas de aseo ni nada de eso, como si nostros fuéramos animales sin derecho a bañarnos o lavarnos los dientes. Además no tenía plata para el taxi, ni para la buseta, cómo me voy para mi casa, a pie.
Estoy aquí porque no tengo para donde ir, me dieron mercado pero debo 6 meses de arriendo, me cortaron la luz y el agua, y la dueña de la casa me dijo que iba a ir con la policía. Mire la fecha y no le he comprado el uniforme a mis hijos. Yo necesito que me resuelvan algo, pero de verdad, el gobierno dice una cosa por televisión y todo el mundo piensa que los desplazados la estamos pasando muy bien, hablan de subsidios de vivienda, pero uno va y le dicen que no hay plata, hay que esperar. Dicen que nos están dando plata para proyectos productivos, pero a las que más les dan han recibido un millón y medio de pesos, y uno qué hace con eso si debe arriendo, servicios y tiene niños llorando por hambre”
La preocupación central de doña Alba, y con toda razón es conseguir una casa y una entrada económica que le permita sobrevivir, mantener a sus hijos y seguir trabajando en la fundación, como ella dice, “Tener un lugar donde meter la cabeza”. Ella no está pidiendo ni restitución, ni reparación, porque sebe que eso está muy lejos; que el gobierno le devuelva lo que perdió es casi que imposible. No le puede devolver a su esposo ni a su hermano, no le puede restituir las horas de angustia intenando mantener a sus hijos vivos mientras llegaban a Bogotá, ni el mar de humillaciones que ha tenido que padecer por ser desplazada, mucho menos el millón de lágrimas que recorren sus mejillas cuando recuerda que tuvo que comer de la basura, o fue obligada a pedir limosna para una red de trata de personas que habían secuestrado a su hijo. Nada de eso se lo puede restituir el gobierno, por lo tanto sólo pide, al igual que las 2.300 desplazados que están el parque, y probablemente como la mayoría de los 4 millones de desplazados que hay en el país, lo básico, aquello que como humanos y sociedad nos comprometimos a garantizarle a cada ser humano sobre este territorio.
Mi preocupación y no sé si con razón, es en la clase de seres humanos y de sociedad en la que nos hemos convertido, en donde no sólo seguimos de largo mientras miles son asesinados y desterrados porque le estorban al proyecto político y económico, sino que somos capaces de planear y tener jornadas de aeróbicos cada domingo en ese parque, como si no pasara nada, como si ellos ya hicieran parte del paisaje cotidianado de la ciudad y del país. Nos hemos deshumanizado tanto que somos capaces de pasar por el parque, encontrarnos con la tragedia reflejada en la mirada desconsolada y triste mujeres como doña Alba y sus hijos, y luego ir a nuestras casas pensando en lo feo que se ve el parque con toda esos trapos extendidos, y esa gente cochina, vestida con ropa vieja, haciendo hogeras y ensuciando las bonitas fuentes de agua que lo adornan.